ADIÓS A DESI

Yo vivo de la lengua, Desi, amigo,
y no tengo palabras…
Pero mira esa gente:
Nunca ha estado tan triste Moralina.
“Por qué, si era tan joven, si era bueno…”,
se preguntan perplejos…
Pero los hombres buenos también mueren
(y algunos, además, lo hacen en sábado
para no molestar).

Nos pides vida, Desi,
para seguir velando por los tuyos,
y aliento para dar a los amigos,
fuerza para cuidar de Moralina…
Lo siento, Desi, amigo,
solo tenemos llanto para darte:
el llanto de Candelas mientras busca
en los cajones blancos de tu casa
las pastillas que curan la agonía;
el llanto de tus hijos, que descubren
que un padre también muere, y no dan crédito;
el llanto desgarrado de tu madre
si no la protegiera
el velo compasivo de la niebla;
y el llanto de nosotros, tus amigos,
no solo los de aquí: los de Sayago, los de Zamora entera,
o tantos que han venido de otras partes,
porque tu pecho fue casa de todos.

Queda, Desi, el consuelo
de que estarás ahí, a la salida
de tu pueblo de siempre,
velando por nosotros,
arreglando
los caminos del cielo,
restaurando molinos
donde se harán harina nuestras penas,
encauzando riveras y museos,
contando a S. Miguel
quién es quién en el pueblo que apadrina,
y tomándote un whisky con los ángeles,
y cantándole a Dios “La Campanera”…

Descansa, Desi, amigo: tú has cumplido.

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